The Walkmen: sobriedad y calidad

Eficaces. Esa es una palabra que define muy bien a The Walkmen en el escenario. Trajeados, de “sport” pero no luciendo alta costura si no más bien todo lo contrario, cuando salen al escenario da la sensación que Hamilton Leithauser (pobre, le estuve sacando parecidos toda la noche, desde Schweinsteiger a Jason Mewes), y los suyos van camino de una oficina en Brooklyn y no a dar un concierto.

Pero, obviando el problemilla con el ampli taladra-oídos cuando el guitarra se emocionaba, fue un conciertazo. No hablan mucho con el público ni entre ellos, porque la conexión la hacen con la música. Sobre todo a través de un batería tremendamente risueño y de la voz de Hamilton. La sala Ramdall no es muy grande y estaba bastante vacío. Eso significó casi primera fila para nosotros, sin agobios, salvo cuando el motivado de turno le dio por botar, agitar los brazos y subirse encima de desconocidos. Pero bien, de buen rollo.

The Walkmen intercalaron canciones lentas con otras más guitarreras, canciones del Lisbon, su último disco, con canciones míticas ya como In the New Year. A ratos no tenías más remedio que quedarte embobado mirando a Hamilton, mano en el bolsillo de la chaqueta, y dejarte llevar por su tremenda voz, que construye poco a poco el tono de cada canción, normalmente de menos a más. Otros ratos era el batería con sus saltitos el que te daba el subidón.


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Al final, no me arrepiento en absoluto de mi elección de ir a ese concierto descartando las múltiples opciones que ofrecía el viernes en Madrid. Una lástima que coincidan tantos buenos conciertos.

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